Esta soy yo...

Bueno, soy la de detrás de Max, mi perrito…

Antes de que empieces a leer te aviso de 3 cosas:

1) La historia de mi vida, para explicar cómo he llegado hasta donde estoy ahora, es un poco larga. Así que si ahora no tienes tiempo, puedes dejarlo para otro momento que aquí seguirá, creo.

2) Si esperas encontrarte con alguien místico y muy «hierbas» siento decirte que no lo soy, mucho, bueno un poco sí.

3) Mi vida es bastante normal. Al menos a mí que la he vivido así me lo parece, pero también puede que sea porque estoy acostumbrada a mi misma… bueno, no sé, opina tú. 

Ah y otra cosa: Flipo mucho con muchas cosas.

Empezamos…

Nací en el circo (buenooo, sé que esto muy normal, muy normal no es…)

Los 3 primeros años de mi vida los pasé viajando por el mundo en una caravana con mis padres, que trabajaban en un circo. 

Recuerdo estar sentada, muchas tardes, en unas gradas vacías y alguien, que no recuerdo, me daba la merienda mientras yo miraba a mis padres en el centro de la pista, ensayando sus equilibrios para la función de por la tarde. Esos son todos los recuerdos que tengo de mi vida en el circo. 

Bueno, esos y los que intuyo borrosos viendo mis fotos de pequeña. 

Mis padres dejaron el circo para que yo estudiara y nos fuimos a vivir a un pueblo de Guadalajara. El pueblo de mi padre y «mi pueblo», en el que pasé el resto de mi niñez y mi adolescencia y fui feliz. Muy feliz. 

Me encantaba escribir, de hecho escribía en la revista «Ildara» de «mi pueblo» y con 9 años me apuntaron a mecanografía (que era la única extra escolar que había) y me flipó. 

Me saqué el título de mecanografía (sí, hice los 3 exámenes en la Plaza de la Villa en Madrid y mi madre me llevaba la Olivetti en el metro, tipo maleta, porque yo era tan pequeña que no podía con ella)

Escribía todo lo que se me ocurría, gastaba rollos y rollos de cinta de esa que a veces se liaba y había que desmontar media máquina para desenroscarla y te ponías perdida con la tinta negra… bueno, si tienes menos de 35 años es posible que no sepas de qué te estoy hablando. Si tienes más es posible que sí.

Pasaron los años entre escribir para la revista, escribir cosas mías, cosas que me gustaban y cosas que no, cosas de la vida,  cosas del amor…

Inciso: Conocí a mi primer amor, me atreví a hacer algo increíble y flipé. Luego lo perdí para siempre. Si quieres saber de qué va esta historia y el gran aprendizaje que saqué y cómo te puede ayudar a ti, suscríbete a mi lista de correo y te lo enviaré en el primer email. Puedes suscribirte aquí ahora (además te llevas un regalo) y luego volver y seguir leyendo:  👉Suscribirme a la lista y tener un Regalo

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Retomamos…

¿Y por qué te cuento todo esto?

Porque aquí comenzó mi… ¿Qué voy a ser de mayor?… ¿Qué voy a hacer con mi vida?…

Quería ser periodista. Bueno, lo que realmente quería era que mis textos se publicaran en los periódicos y las revistas, que la gente los leyera y poder ayudar con lo que yo escribía.

Pero mis padres, (que habían dejado su trabajo en el circo para que yo estudiara) pensaban que no era una profesión con mucho futuro. Y como me «dejaban elegir» pues me puse a pensar en otras opciones.

Planteé hacer psicología, yo seguía empeñada en querer ayudar a las personas, pero lo mismo, mis padres no le veían muchas salidas (ahora creo que, junto con las terapias, es una de las profesiones que más se necesitan y se demandan), pero entonces no tenía ni idea así que seguí buscando.

Entonces descubrí el marketing. Me flipaban los anuncios. Me flipaba la publicidad. En las películas o programas de la TV desconectaba pero cuando llegaban los anuncios… se me abrían los ojos como platos (lo sé, soy un poco rarita pero ya habrás dado cuenta). Disfrutaba muchísimo intentando entender los  mensajes «ocultos» que se usaban en la publicidad para vender más.  Mis padres pusieron cara, pero al buscar información descubrimos que solo se podía estudiar por privado y era una pasta. Así que me tuve que conformar con un curso de Marketing por CEAC. Que me flipó.

Un día, un amigo más mayor que yo hablaba con entusiasmo de la carrera que estaba haciendo: «Empresariales». Y me sonó… a algo grande y rentable. Se lo dije a mis padres y les encantó la idea. Ufff, por fin lo había encontrado. (Ilusa de mi)

A mis profesores de literatura y filosofía del instituto no les gustó tanto mi gran idea (sobre todo porque llevaba suspendiendo matemáticas desde 6º de EGB) pero respetaron mi decisión (y la de mis padres).

Y a mi comenzó a no parecerme tan buena idea cuando el primer cuatrimestre de la carrera suspendí 11 de las 13 asignaturas que tuve (aprobé marketing y publicidad)

En aquel entonces vivía en Madrid con mis abuelos porque en el pueblo solo había colegio e instituto y para poder ir a la universidad me tenía que ir a vivir con ellos.  Ante la evidencia de que esa carrera no era para mi, intenté recolocar la situación y cambiarme a psicología pero mis padres seguían sin verlo…

Así que seguí con ADE y fui aprobando justa y en modo «zombie» (excepto en marketing y publicidad que sacaba muy buenas notas, porque me flipaba) Me ilusionaba pensando en la posibilidad de entrar en alguna empresa, en el departamento de marketing, poder escribir los anuncios, poder ayudar a las personas.

Inciso importante para entender lo siguiente: Un día, en el pueblo, cuando yo tenía unos 14 ó 15 años acompañé a mi padre al banco a hacer una gestión. Todavía tengo esa imagen en mi cabeza: según se entraba, a la derecha había un mostrador y una empleada tras el cristal de la ventanilla suspiró al vernos mientras esbozaba una especie de sonrisa desganada. Al fondo había dos mesas con dos personas sentadas tras ellas, uno escuchando a un cliente que tenía sentado delante (de espaldas a mi) o al menos haciendo que escuchaba porque solo le faltaba bostezar, y otro medio escondido tras la pantalla del ordenador, que aunque no levantó la cabeza, pude ver su cara de amargura. En ese momento pensé: «pobrecillos, vaya trabajo tan aburrido». Y entonces sucedió la ecatombe: mi padre que me vio mirarles, me dijo: «mira qué bien están estos aquí, eh? sentaditos y calentitos, esto sí que es un buen trabajo». Le salió del alma. Lo decía de verdad. Flipé.

Retomamos…

Pues bien… antes de haber terminado la carrera me llamaron para hacer unas prácticas…

¿Adivinas dónde? 

En un banco. Sí, lo sé, ahora flipas tú. Yo también.

Pero lo mejor es que en ese banco me quedé… ¡20 años!

Sí, y he de decir que no todo el tiempo estuvo mal. Hubo momentos buenos, sobre todo al principio, allá por el año 2.000 cuando sentía que ayudaba a los clientes. Cuando hacían cola en mi mesa para contarme qué les pasaba y veíamos juntos si yo podía ayudarles y cuál era la mejor manera. 

En esa época me casé con mi novio de hacía… un montón de años, nació mi hijo, mi hija, hice un curso de Reiki y me divorcié. 

Por si no te has dado cuenta, el curso de Reiki cambió mi vida, sí.

Seguí practicando Reiki y haciendo el resto de los cursos hasta hacer tercer nivel y hacerme terapeuta y flipé.

Yo siempre había «creído» y «sentido» que había «algo» que me llamaba a ayudar a los demás. Y con Reiki lo descubrí. Fue la primera vez, desde que tengo uso de razón, que me dediqué a mi y a partir de aquí   comencé a vivir de verdad. (Bueno, también viví de verdad durante ese tiempo que te contaré en el primer email cuando te suscribas a mi lista)

Me apunté a una formación de Reflexología porque mis hijos estaban sieeempre malos, tenían todas las «itis» posibles a todas horas, todos los días. Así que tenía dos opciones: o me trasladaba a vivir al bloque de mi pediatra o hacía algo. 

No, ahora en serio: No sé por qué pero sentí que tenía que hacer Reflexología. Hacía tiempo que lo había pensado pero no había encontrado el momento ni el lugar donde hacerlo. De hecho me apunté a la formación sin haber recibido nunca una sesión de reflexología. Pues me formé y flipé.

Después me hice Maestra de Reiki y se empezó a cerrar el círculo.

El trabajo en el banco dejó de gustarme. Yo había cambiado y puede que también influyera el hecho de que empezaron a obligarnos a «vender» cualquier cosa a cualquier cliente a cualquier precio. Y eso no iba conmigo. Dejé de sentir que ayudaba y me sentía cada vez más presionada. Comenzó a costarme levantarme por las mañanas para ir a la oficina. Fue un periodo duro. 

Pensé dejarlo pero… ¿Dónde iba a ir yo? Si siempre había trabajado en lo mismo. Tenía 40 años. Tenía dos hijos. Estaba divorciada. 

Pues bien, lo hice. 

Fue una decisión difícil pero ahora sé que es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

Dejé el banco y pensé en emprender como Terapeuta de Reiki y de Reflexología. Me encantaba y me hacía feliz.

Pero cuando estaba informándome sobre cómo montarlo todo, comenzaron a demonizar las terapias naturales por todas partes (allá por el año 2018 aprox.) había hasta anuncios de televisión diciendo que eso era «magia» de la mala y que todo era mentira. 

Yo sabía que no era cierto pero me entró el miedo. 

Nunca había emprendido.

Y justo lo iba a hacer en ese momento, meterme en un negocio que estaban criticando hasta por televisión…  mis padres pensaron que me había vuelto loca. Bueno, lo pensaron desde que hice Reiki, me divorcié y dejé el banco. Pero ya me daba igual.

Lo peor de todo fue que en ese momento, me eché para atrás. 

¿Y ahora qué?

A nivel personal estaba bien, muy bien. Me volví a casar, con esa persona que todos soñamos con encontrar, con esa pareja ideal, pues con él. Qué suerte la mía, doy gracias cada día. Mis hijos eran más mayores y todo fluía pero mi vida profesional… agobio total.

Entonces descubrí una formación en Marketing Digital. Y flipé.

(ya te había avisado al principio de que flipo mucho con muchas cosas)

Dediqué un año entero a formarme en todo el mundo digital, creación de anuncios en redes sociales, copywriting para páginas de ventas, anuncios, emails, técnicas de venta en el mundo online, emprendimiento digital, etc. 

Creé una agencia de marketing digital con un compañero, ayudamos a muchos emprendedores a lanzar sus proyectos en el mundo online y me gustaba. De hecho, me gusta mucho.

Pero yo seguía con mi run-run y con mi «sensación» de que las terapias… son lo mío. Son lo que me da la vida. 

Ayudar a los demás, tanto dando sesiones como dando formación… es el motor de mi vida. 

Sí, suena muy bonito (porque lo es) y también he de decirte que es muy práctico, real y rentable. Pero hasta que llegué aquí fue duro. Muy duro. Pero llegué.

Volví a mi.

Ahora Reflexología y Reiki son mi pasión. Retomé las terapias de manera profesional para vivir esa vida plena que llevaba tantos años persiguiendo. 

Fui capaz de aceptar mi propósito y ahora disfruto cada segundo de mi vida. 

Llegados a este punto, permíteme que te pregunte algo:

¿Qué estarías tú dispuesto o dispuesta a hacer para poder disfrutar de cada segundo de tu vida?

Desde que tomé la decisión de crear la Escuela Janadi de Reflexología y Reiki, no han parado de sucederme cosas buenas. Vivo en paz y en armonía. Y hay «algo» que me dice que, por fin, estoy en el camino correcto. Y puedo ayudar a los demás. Pero para llegar hasta aquí he tenido que tomar muchas decisiones.

La vida son decisiones.

Si quieres conocer la Escuela, nuestras sesiones o nuestras formaciones. Eres muy bienvenido o bienvenida. 

Si has llegado hasta aquí leyendo, es por algo. Y ya me conoces mejor que muchos «conocidos» que tengo. Te lo agradezco y  me siento afortunada por ello. 

Espero de corazón haberte aportado. Si sientes que te has identificado con algo de lo que te he contado, si sientes que te gustaría formar parte de la Escuela o quieres preguntarme algo, escríbeme desde el apartado «Contacto» y dímelo.

Estoy deseando leerte y, si tú quieres, me encantará ayudarte a disfrutar de cada segundo de tu vida.

Y si quieres descubrir cómo puede ayudarte a avanzar en tu vida la historia de mi primer amor y el gran aprendizaje que saqué cuando lo perdí para siempre, suscríbete a mi lista de correo y te lo contaré en el primer email

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